Educación Básica

La diáspora interminable e indescriptible hacia el futuro

“Yo vengo de todas partes
Y hacia todas partes voy
Arte soy entre las artes
Y en los montes, montes soy.”
José Martí.

Puede que la fatalidad sea el signo que marca el rumbo de los que se van.
Puede construirse esa perspectiva.
Todo se queda atrás y el migrante camina como la sombra de sí mismo. Sin identidad, sin recuerdos, sin equipaje, sin voluntad se arrastra como un fantasma hacia ninguna parte.
No sabe qué será y tiene que renunciar a lo que ha sido. Hay un tono lúgubre que emana de muchos escenarios de muerte y destrucción.
Millones de hombres y mujeres, niños, adolescentes y ancianos, sin distinción de color ni de condición social, sin importar religión ni formación profesional, todos por igual, en el camino, aferrados al instante, envueltos en una gigantesca ola migrante que envuelve al siglo XXI, se marchan de cualquier lugar y dejan una estela dolorosa a su paso. Ahora no hay ánimo para mirar más allá.
El fenómeno se fue gestando en el seno de los conflictos raciales, religiosos, políticos y económicos y arrastró consigo a todos por igual. Los que llegan y los que están, los náufragos y los enraizados, los ensimismados y los diluidos, los atribulados y los conscientes, todos en un profundo movimiento sísmico social con el planeta Tierra como testigo mudo de un tránsito doloroso.
Así ha sido siempre, desde los tiempos fundadores de la Humanidad. Los primeros hombres recorrieron espacios interminables, como ahora, como después, como fue y como será. Es el sino humano: acompañar el movimiento de la Madre tierra en su tránsito por el universo. Entonces, puede que no sea tan fatal la fatalidad que nos mueve, puede que sea simple destino humano. No podría ser de otra forma.
La lección de lo que significa la diáspora está por descifrarse. Se intuye que los juntamientos fuera de control van dirigidos a una selección “darwiniana” de los más fuertes, a un mestizaje productivo, a una depuración brutal más allá de cualquier consideración ética. Este movimiento de millones de seres atravesando fronteras y reconfigurando el escenario racial y cultural no es ni nuevo ni final. Es destino de la especie. Es, posiblemente, la misión más alta de la inteligencia. Debe ser, en esa desconocida aún fuerza física acumulada en la materia oscura, una manifestación del equilibrio que se gesta al interior de los elementos constitutivos del Universo.
El ser humano no escapa a las Leyes Universales. El movimiento es una constante. La diáspora en todas las épocas y de todos los pueblos, con independencia de su nivel de desarrollo, marca la evolución de la especie.
Los que hemos vivimos marcados por esa condición quedamos atrapados en ella. Transitamos sin más meta que la inmediatez. Sucumbimos sin buscar ni indagar más allá de lo que está a nuestro alcance. Ni lo que dejamos atrás vuelve a estar en su lugar aunque regresemos. Ni nosotros ni las cosas ni el tiempo ni los amigos ni las lágrimas ni las risas ni los cantos ni las tumbas están donde pensábamos que estaban. La neblina en la memoria lo cubre todo. Dejamos de ser.
Este es el gran acontecimiento de nuestra época. Todo lo demás son consecuencias. Y la mayor consecuencia es una reconfiguración de todos los escenarios. Una reconfiguración que aún no alcanza a ser entendida por la teoría, que no se avizoran sus consecuencias, y sin dudas tendrá impacto en todos las formas de hacer y sentir la vida humana del futuro.
En el siglo XXI todos seremos otros. Los que están y los que llegan alcanzarán niveles más altos de pensamiento. Los que están fijando la norma, rescatando las tradiciones, velando por las Instituciones establecidas. Los que llegan violentando todo eso y aportando nuevas visiones. Visiones originales e impensadas, de un nivel de autenticidad desconocida por la ciencia y el pensamiento de hoy, dado que son portadoras de energías acumuladas para la ocasión. Fuerzas telúricas de la conciencia, de dimensiones nunca expuestas ni articuladas a nivel planetario, con herramientas de interacción que se han estado ensayando a nivel global con contenidos probatorios.
La Torre de Babel bíblica, donde hablamos diferentes idiomas y nos dispersamos por la tierra, es una metáfora de lo que viene. Creímos que habíamos alcanzado sus designios divinos. Más no, están en sus manifestaciones primigenias: vamos por la tierra en millones de migrantes, hablando diferentes idiomas, recreando viejas costumbres, intercambiando culturas y gestando nuevas formas de comunicación que, en esta etapa, parecieran definitivas pero no son más que expresiones de un movimiento que no se detendrá nunca y que también aspira en el fondo a elevar el hombre hasta el cielo.
Tal vez será el momento de entenderlo y reivindicar la función que asumimos los que vamos de una tierra a otra, los que portamos una cultura y asimilamos otra, los que renunciamos a un pasado y nos inscribimos en el presente, los que dejamos de pensar en una lengua y reconfiguramos el pensamiento para albergar ideas de otra dimensión y extensión. Son, tal vez, fuerzas sanadoras las que mueven a los que nos desplazamos y no castigo. Tal vez no sean “los heraldo negros que nos manda la muerte” que nos anunció el poeta.